No me gusta… La inconstancia

domingo, 31 de marzo de 2013

Heme aquí de vuelta tras un largo periodo de grandes cambios y demás incidencias que han dificultado mi continuidad en las entradas de este blog, pero como no hay mal que por bien no venga, han contribuido en mi reflexión acerca del tema elegido para reincorporarme.

No me gusta cuando ocurre en los demás, y lo considero un defecto (entre otros tantos) cuando ocurren en mí. Intento remediarlo, pero cuando no se sabe ni qué es a lo que no le estás prestando atención o no al menos la suficiente, cuesta identificarlo para ponerle solución.

Hay varias formas de asimilar o reaccionar ante una inconstancia ajena. Puede producir rabia por ejemplo, cuando ves que abandonan un proyecto (sobre todo si te incumbía) así sin más sin aparentes razones de peso; con impotencia, por no poder hacer nada en contra de la decisión del que está siendo inconstante y se prevé que va a ser perjudicial para sí mismo o para otros de su alrededor…

Pero a mí la sensación que más me genera cuando veo inconstancia en alguien, es la decepción. Si alguien está realizando algo (o lo hacía hasta empezar a ser inconstante en ello), es porque realmente quiere. Si tiene un trabajo aunque no sea el idílico, es porque desea obtener un sueldo; si se apuntó a un gimnasio es porque pretendía llevar una vida más sana, hacer algo de ejercicio, o tener una actividad concreta; si está estudiando, es porque quiere tener formación en algo que ha elegido (siempre hay otras opciones) y/o quiere tener un futuro, a ser posible, dedicado a eso, etc.

Cuando ves como esa otra persona interrumpe aquella acción que en su día empezó con un objetivo, con una finalidad que traería un beneficio como consecuencia (a sí mismo o a los demás), te deja una sensación desagradable en el cuerpo de no poder hacer nada para que esa persona retome dicha actividad y siga persiguiendo su meta, porque en sus manos esta llevarlo al día. Sabes que no le va a hacer ningún bien, que no va a mantener su autoestima, que no se va a sentir realizado, que no va a ganar en salud, que no va a ser perseverante, y que es más probable que pierda más de lo que gane.

En mi caso, peco de inconstancia en demasiados aspectos de mi vida. Intento llevar un ritmo de vida lo más estable posible, pero mis circunstancias y los acontecimientos a mi alrededor no me lo ponen fácil. Intento llevar adelante las acciones a las que he dado comienzo, pero siempre encuentro algo (o ese algo me encuentra a mi) que me las interrumpe, y por otra parte luego toca el esfuerzo (que no es pequeño) de intentar retomarlo para volver a hacer de la actividad un hábito, una rutina.

Generalmente suele ser mi estado de ánimo el que me hace interrumpir cosas a lo largo de mi vida, que puede ser tan importante como una obligación académica o laboral, o tan nimio como este blog. La parte que más me afecta es la que incluye a las demás personas, generalmente de mi entorno. Dejo de contactar con ellas, me voy alejando. Me “avergüenza” en cierto modo no tener cosas positivas que contarles. Tener siempre un cúmulo de pesos muertos en mi espalda, que no considero apropiados para tener un contacto o conversación con alguien. Parece como que espero a que las cosas me vayan mejor, y así poder contactar con los demás de una forma más agradable para ellos y para mí, pero la espera se hace eterna, el distanciamiento mayor, y el intento de retomar aquello apartado, más difícil.

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